Artículo de Albert Grau. CEO Sforza (Revista Empresarial Girona)
Cada gran revolución tecnológica viene acompañada de una pregunta incómoda: ¿estamos ante una oportunidad estructural o una burbuja especulativa? Hoy, con la inteligencia artificial (IA) en el centro del debate, la pregunta vuelve con fuerza.
Las inversiones en IA se han disparado. Las grandes tecnológicas lideran los mercados, las valoraciones crecen y cualquier empresa que incorpora el concepto «Al-driven» en su relato ve cómo mejora automáticamente su percepción. Esto hace pensar, inevitablemente, en episodios pasados: la burbuja puntocom o, más recientemente, algunos excesos del mundo cripto. Pero hay una diferencia clave: la IA ya es productiva.
A diferencia de otras burbujas, la inteligencia artificial no es una promesa lejana. Ya está generando eficiencias reales en sectores como la industria, la salud, las finanzas, el marketing o la logística. Automatiza procesos, reduce costes, mejora la toma de decisiones e incrementa la productividad. No es sólo una expectativa: es una herramienta operativa.
Sin embargo, esto no quiere decir que todo lo que se está pagando hoy tenga sentido. El riesgo no es la IA como tecnología, sino la confusión entre adopción real y narrativa financiera. Muchas empresas cotizadas se beneficiaron más del relato que del impacto real en resultados. Las valoraciones, en algunos casos, anticipan crecimientos casi perfectos durante años. Y aquí es donde aparece el riesgo clásico: pagar hoy lo que quizás llegue mañana… o quizás no.
La historia nos enseña que todas las grandes oleadas tecnológicas tienen dos fases. La primera es de entusiasmo, capital abundante y crecimiento acelerado. La segunda es de selección: sólo sobreviven las empresas con modelos sólidos, datos propios, capacidad de ejecución y ventajas competitivas reales. Por el contrario: es donde se crean las verdaderas oportunidades de inversión a largo plazo.
Para el inversor empresarial, el reto no es «creer o no creer» en la IA, sino distinguir entre infraestructura y humo. No todas las empresas de IA son iguales. No es lo mismo quien vende capacidad computacional. Datos, semiconductores o integración en procesos críticos, que quienes simplemente utilizan la IA como reclamo comercial.
La clave es preguntarse:
¿Existen ingresos recurrentes? ¿Hay barreras de entrada?
¿Existe retorno medible de la inversión en IA? ¿O sólo hay expectativa?
La inteligencia artificial no es una moda pasajera, sino una transformación estructural. Pero, en inversión, las grandes transformaciones no siempre coinciden con las mejores oportunidades a corto plazo.
El verdadero valor aparece cuando el ruido desciende, las expectativas se normalizan y sólo quedan los modelos sólidos. En tecnología, como en patrimonio, invertir bien no es anticipar el futuro, sino tener criterio para sostenerlo.



